dijous, 12 d’abril de 2012

Grupo 7


El sevillano Alberto Rodríguez rueda en su ciudad natal un thriller policíaco situado en los años previos a la Expo del 92. Una época de brutales cambios en la fisonomía de la ciudad, como reflejan unas imágenes de archivo que sirven como 'cortinillas' de separación por cada año que transcurre en la película.

Unos cambios que también trajeron consigo una limpieza de la delincuencia y el tráfico de drogas en el centro de la ciudad. Para evitar que estuviera expuesto ante los ojos de los guiris que suelen invadir dichos acontecimientos. Similar a lo que ocurrió en la misma época en Barcelona para las Olimpiadas y, quien sabe, si también en Madrid, que se sacó de la manga una capital europea de la cultura, pues no se veía con buenos ojos que Sevilla o Barcelona fueran más importantes internacionalmente durante aquel 92. Pero eso es otra historia.

Como analogía a los cambios sufridos en la ciudad, la película muestra una metamorfosis en sus dos personajes principales. El joven Ángel (Mario Casas) comienza como un pardillo de buenas intenciones. Todo un contrapunto con el veterano Rafael (Antonio de la Torre), un policía amargado con tintes fascistas. A lo largo del film, sin demasiadas explicaciones, se observa como Ángel acaba siendo tan o más expeditivo que Rafael, o como este ablanda su rocoso corazón al acoger en su casa a una joven muchacha abandonada en la calle. Joven, y... atractiva (de lo contrario se hubiese podrido en la calle).

Lo único que importa en el guión del propio Rodríguez y Rafael Cobos es mostrar esta evolución en los personajes, sin interesar los motivos que les llevan a ello. Enfatizado por un estilo visual realista, casi documental, que retrata los hechos desde la fría distancia objetiva. Evitando juzgar a nadie.

Esta opción estilística, obliga en mayor medida a que el desarrollo de los personajes caiga sobre las espaldas de los intérpretes principales. Sobre la capacidad interpretativa de Antonio de la Torre no había dudas, pero es que Mario Casas también aguanta el tipo (y no me refiero a sus músculos, que por primera vez muestra en pantalla por motivos coherentes de guión nada gratuitos) y ofrece su mejor interpretación hasta el momento.

Dejando de lado la falta de implicación emocional en el relato, la película es un buen thriller de acción con secuencias filmadas con gran pulso y una estimable recreación de finales de los 80. Para la anécdota queda patente que, hace 22 años, Matías Prats ya presentaba noticias en televisión y Juan Carlos I ocupaba la misma poltrona que ahora.

Lluís Alba
http://www.zumbarte.com/cine/cinevista/criticas/grupo7.html