divendres, 24 de febrer de 2012

Mi semana con Marilyn



En 1956 Marilyn Monroe viajó al Reino Unido para rodar El príncipe y la corista (The prince and the showgirl) bajo las órdenes de Laurence Olivier. Entre el amasijo de gente que envuelve un rodaje de tal envergadura, se hallaba un joven de 23 años llamado Colin Clark. De familia burguesa, hijo de un historiador de renombre y hermano de Alan Clark, futuro ministro del gobierno Thatcher. Realmente no tenía ninguna necesidad de trabajar como tercer asistente del director, pero era una forma "revolucionaria" de rebelarse contra las ideas conservadoras de su padre.

A partir del libro The prince, the showgirl and me, que escribió el propio Clark, ya se hizo un documental sobre los días de rodaje y, ahora, también esta película. Narrada desde el punto de vista del joven de 23 años que se ve envuelto dentro del torbellino que era el mundo de Marilyn Monroe, más estrella que actriz. Superado por las emociones que, cualquier persona a su edad, hubiese sentido en la misma situación.

Para el aficionado al séptimo arte, es una película más que interesante, donde se retrata perfectamente como era el ambiente que rodeaba a Marilyn, cada vez menos persona autónoma, rodeada de asistentes y comenzando su adicción a los fármacos. Así como ver a otros personajes cinematográficos que aparecen en la película como Laurence Olivier, Vivien Leight, Arthur Miller o, el director de fotografía, Jack Cardiff.

Se nota que el libro está escrito por una persona que conoció directamente a todos esos personajes, lo que le da un valor documental. Pero, la película dirigida por Simon Curtis, curtido como profesional en series de televisión, no deja de tener un aire a telefilm que, salvo por las interpretaciones destacadas (y reconocidas en sus nominaciones en los Oscar) de Michelle Williams y Kenneth Branagh, parece un ente extraño proyectado en una sala de cine, en lugar de haberse pasado directamente por la pequeña pantalla.

Lluís Alba

http://www.zumbarte.com/cine/cinevista/criticas/misemanaconmarilyn.html

divendres, 3 de febrer de 2012

J. Edgar




A primera vista (y con toda la razón) no podríamos decir que Clint Eastwood es un director especializado en biopics. Pero tampoco es un género demasiado ajeno a su filmografía. Pues, además de Bird (ídem, 1988), basada en la vida de Charlie Parker o Invictus (ídem, 2009) sobre la figura de Nelson Mandela, también podemos incluir recreaciones no autorizadas como Cazador blanco, corazón negro (White hunter black heart, 1990) que se inspiraba directamente en John Huston.

En cualquier caso, Clint Eastwood es un director de estilo clásico, pero nada tiene que ver con ser convencional. Por lo que su biopic sobre J. Edgar Hoover no se centra en los hechos públicos del personaje. Sin obviarse, solo vemos leves pinceladas sobre su racismo en la época de Martin Luther King, su relación con Robert Kennedy durante el asesinato de su hermano y, finalmente, como acabó indirectamente con la carrera de Nixon.

Un director con una carrera más que prestigiosa, hace que ya no le importe lo que dirán sobre su obra. Así que no es de extrañar que se interesara por el guión de Dustin Lance Black. El ganador del Oscar por Mi nombre es Harvey Milk (Milk, 2008) de Gus Van Sant, es un guionista cuya obra está directamente relacionada con sus vivencias personales: un adolescente homosexual que se crió en la cultura mormona y en bases militares.

Aunque oficialmente nadie ratifique que J. Edgar fue homosexual, hay rumores y testigos más que suficientes como para que el guión se centre principalmente en su relación con Clyde Tolson. Esto obliga a realizar una mirada personal sobre el director del FBI, un acercamiento sobre la persona más que sobre el cargo. Destacando como la obsesión sobre el trabajo y la organización de un individuo fueron las bases sobre las que se sentarían el organigrama de todo un FBI. Dando a entender que, una serie de casualidades personales son las que han llevado este grado de obsesión por el control de la información de los EEUU.

Si escoger un guión polémico no supone un problema para Eastwood, menos supone la discutible elección de Leonardo DiCaprio para recrear a Hoover. A pesar de que con la edad ha ido ganando en prestigio, DiCaprio está lejos de ser un talento como actor. Pero hace una década nadie hubiese apostado porque saliera airoso de la situación, que no es poco. Al menos se le valorará el esfuerzo que contrasta con el desastroso maquillaje impropio de una película de este calibre.

Lluís Alba
http://www.zumbarte.com/cine/cinevista/criticas/jedgar.html