dijous, 28 d’agost de 2008

Nevando voy

Es fácil adoptar una actitud paternalista ante una película como Nevando voy. No en vano nos encontramos ante una película pequeña, sus directoras, la argentina Candela Figueira y la navarra Maitena Muruzábal, contaron con un presupuesto de 15.000 euros (El caballero oscuro de Christopher Nolan ha costado unos 180 millones de euros, para que os hagáis una idea) recogidos a base de romper hucha y pedir a todo el que se ponía delante. Además gran parte de sus actores son no profesionales. Por todo ello, ¿no es una tentación mirar el proyecto con una simpatía anticipada? Empieza la proyección: El sonido y la calidad de imagen señalan un posible desastre pero, a los pocos minutos, te das cuenta de que, por encima de todo, Nevando voy tiene algo que decir y sabe cómo hacerlo.

La historia narra como dos nuevas trabajadoras entran como refuerzo en una fría fábrica de cadenas para coches, ETT mediante. La duración de su trabajo allí dependerá de que el temporal y la nieve continúen. Durante ese tiempo las dos mujeres revolucionarán el funcionamiento de la empresa. Para ello la película cuenta con la lucidez interpretativa de 4 actores desconocidos hasta ahora (al menos para mi): Maiken Beitia , Laura De Pedro , José María Asín y David Larrea que soportan el peso de la historia.

Nevando voy, digámoslo ya, es una de las sorpresas más agradables del año. De alguna manera provoca sensaciones similares a las que cierto día provocara la extraordinaria Smoking Room. Y es que la película de Wallovits y Gual, además de ser también un proyecto personal y contar con un bajo presupuesto, destilaba incomodidad, ironía, acidez, crítica… en definitiva tenía discurso. Lo que nos recuerda que la forma es importante en esto del cine, pero no tanto. Es decir, no necesitamos unos personajes solamente para contar algo, sino que necesitas una historia que contar para decir algo, para ello usas a los personajes. Esto, que quizá parece enrevesado, lo entienden (y lo aplican) a la perfección Figueira y Muruzábal igual que ya lo hicieran Wallovits y Gual anteriormente. Ambas películas extraen de la historia de un número reducido de personajes una reflexión global (principalmente) sobre el mundo laboral. El mérito de la historia es transformar la anécdota local en una reflexión casi política de lo que Marx llamaría “la alienación del hombre” en pleno siglo XXI. En definitiva, Nevando voy, se atreve a contar lo que pasa en las empresas, ya sea una fábrica de cadenas o una central de alarmas, donde millones de personas malgastan su talento y su salud hoy en España. Para ello es clave el simbolismo, lleno de matices, de los cuatro personajes principales: La cobardía, el entusiasmo, la resignación, el conformismo, el miedo… Porque la mayor denuncia de la película es mostrar una violencia que nadie se atreve a definir como tal. Una violencia institucionalizada, subterránea, constante, alienante. La violencia de las empresas, la coacción al trabajador y la respuesta de éste, una respuesta sumisa y miedosa que “lo jode todo” como dice Ángela, la protagonista, cuando ve que de nada han valido sus esfuerzos.

Ganadora del Premio del Público en el Festival de Valladolid, seguro que oiréis hablar de ella en los próximos Goya.

Alex Martínez Ruano