diumenge, 22 de febrer de 2009

El luchador

El luchador es la película más convencional de Darren Aronofsky hasta la fecha. Seguramente tras La fuente de la vida, tan ambiciosa como difícil de comprender, necesitaba hacer algo más estándar. Un camino abierto con El luchador, que parece que seguirá así en sus próximos proyectos: un remake/secuela de Robocop y The fighter, una peli de boxeo.

Con ello no quiero decir que no pueda hacer buenas películas. El luchador es un ejemplo de ello. Seguramente no sea una peli tan arriesgada ni innovadora como pueden ser Pi o Réquiem por un sueño, pero no deja de tener detalles en los que se nota que no es una película más de Hollywood. Pues Aronofsky sigue moviéndose en circuitos independientes, a pesar del éxito encontrado en esta película.

Nos muestra la historia de una persona que ha estado en la cima del éxito, siendo una de las estrellas más conocidas del mundo de la lucha libre americana, pero 20 años después se encuentra viviendo sólo, sin poder pagar el alquiler, trabajando a días sueltos entre semana. Mientras que, los fines de semana, hace lo que realmente le gusta y vuelve al ring en circuitos marginales. Ahí es donde realmente se encuentra a gusto, se nota una camaradería entre sus compañeros de lucha y es por lo que le vale pena seguir viviendo

Para encarnar a este personaje, no se podría haber escogido nadie mejor que Mickey Rourke (tras barajarse actores como Nicholas Cage (horror) o Sylvester Stallone), pues se interpreta a sí mismo. Con un físico tocado y una cara deformada por el botox, encarna perfectamente a Randy “The ram” Robinson, que para mantener su físico musculado debe endeudarse para poder pagarse una enorme cantidad de esteroides.

Personajes como Randy “The ram” Robinson, los hay a montones en esta vida. No sólo el haber triunfado y caído, si no gente que no ha llegado a triunfar pero no saben vivir de un modo mediocre tal y como nos marca la sociedad. Personas que son como zombies sin vida entre semana y sólo se encuentran realmente viviendo durante el fin de semana cuando pueden realizar sus sueños. Para Randy sólo existe el mundo de la lucha, el resto de los días se los pasa deambulando en un bar de striptease, bebiendo o dejándose caer por su furgoneta. Un hombre anclado en un pasado glorioso que nunca volverá, como se enfatiza en la escena que juega en una Nintendo de 8 bits contra un niño que le habla del Call of duty 4. Una muestra de lo difícil que es saber adaptarse a los tiempos y siempre creemos que lo que vivimos en la juventud es el presente y más si ha sido exitoso.

En el bar de striptease Randy se relaciona con Cassidy (otra estupenda Marisa Tomei, y no lo digo sólo por su físico), casi un alter-ego femenino de Randy. También con problemas para relacionarse, es una madre soltera que a sus 45 años debe seguir compitiendo en una barra de strip-tease con chicas de 20.

Además de ahondar en la psicología de estos perdedores, también se nos muestra el fascinante mundo de la lucha libre americana. Un curioso teatro de peleas dónde prima la violencia por encima de todo. A pesar de que no son combates reales, sí que son reales los riesgos físicos a los que se enfrentan. Vemos como Randy se esconde una cuchilla para cortarse y dar más credibilidad a la batalla, o cómo se clavan grapas de verdad para regocijo de los sádicos espectadores.

Pero no por ello deja de ser su vida, tal y cómo la escogieron (si es que realmente alguien escoge algo en su vida). (Ojo, viene SPOILER del final) De ahí a un final coherente y poco usual en el cine de Hollywood, dónde Randy, tras un infarto, debe escoger entre vivir como una persona común o morir en el ring. Con un último plano que resume la idea de la película, cómo en un su último salto va tanto hacia la gloria como hacia el final de su vida.

Lluís Alba