diumenge, 28 d’octubre de 2007

El sueño de Casandra


Nos dirijimos Álex y yo a una sesión nocturna del cine Icaria a ver la penúltima película de Woody Allen. Acostumbrado a ir a las matinales, me sorprendió un poco ver el llenazo del cine, así que conseguimos entrar por los pelos en la segunda fila. No me extraña que se llenara, pues era una de esas salas del tamaño del comedor de mi casa.

En los cines en versión original suele haber poca gente o ninguna comiendo palomitas, pero tuvimos la suerte de que las únicas personas que lo hacían se sentaron detrás nuestro. Seguramente podríamos haber debatido entre los dos si era necesario matarlos para poder ver la película con tranquilidad, y uno de los dos pensara que sí y otro que no... Pero antes de llegar a eso, empezó el film. Y nos encontramos que los dos protagonistas debían enfrentarse a un dilema similar.

Sin querer chafar el argumento a nadie, lo que puedo decir es que esta película es similar a Match Point. Pero en esta ocasión vemos los dos puntos de vista del asesino, con y sin remordimientos. Y cómo un mismo hecho afecta de manera tan profundamente dispar a dos hermanos que han vivido toda la vida juntos y en ambiente similar.

En Melinda y Melinda, Woody Allen nos dijo que una misma historia puede ser una comedia o una tragedia. Y posteriormente las tres películas que ha rodado en Inglaterra han sido tragedia, comedia y tragedia. Tres historias con varios puntos en común, en la que vemos a un asesino sin escrúpulos, que mata por la necesidad y conveniencia de hacerlo. Y esto es lo único que se le puede achacar a esta película, parece que esta historia ya nos la han contado varias veces.

Desde hace unos años siempre corre el rumor por el público en general de que la película de Woody Allen del momento es mala o mediocre. Una posibilidad es que siempre la comparen con sus obras maestras, y eso es poner el listón muy alto. No diré que esta es la mejor película de Woody Allen, pero sí que es una película muy por encima de la media. Seguramente, si fuera de un director desconocido, estaría mejor valorada incluso se rumorearía que podría optar a los Oscars.

La suerte que tiene Woody Allen es que cualquier actor va a querer trabajar con él, sólo por tener en el currículum que ha salido en una película suya. Así que pude permitirse el lujo de contar con dos actores protagonistas por mucho menos sueldo de lo que acostumbran a cobrar. Un Colin Farrell y Ewan McGregor que casi representan las dos máscaras de la comedia y la tragedia el teatro clásico. Uno siempre angustiado, amargado y con remordimientos; mientras que el otro es la expresión máxima de la vitalidad y la alegría. También destaco a Tom Wilkinson, actorazo que sabe cambiar de registro en un momento, como en la secuencia clave de la película donde pasa de hablar tranquilo y amable a enfadarse enérgicamente. Actuación similiar, pero en clave de comedia, que hizo el propio Allen en La maldición del escorpión de Jade o en Un final made in Hollywood.

Y finalizando este repaso a los actores que suele usar, siempre aparece alguna chica espectacular. En este caso nos descubre a una Hayley Atwell que quita el hipo. Un personaje que encarna una actriz de teatro. Y, en una secuencia, nos deja para la reflexión de cómo Woody Allen consigue a estas actrices, cuando Ewan McGregor le pregunta si se acostaría con un director para conseguir un papel.

Lluís Alba

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