dijous, 14 d’octubre de 2010

Wall street: El dinero nunca duerme

Lo primero que le viene a uno a la cabeza cuando escucha que Oliver Stone va a realizar una secuela de su mayor éxito comercial, Wall street, 23 años después, es que se trata de un director en horas bajas que se aferra al recuerdo de un pasado glorioso para resurgir. Un caso similar, si se me permite comparar a ambos directores, al que sucedió con Kevin Smith y Clerks 2.

Sus documentales sobre mandatarios de la izquierda en America latina, le han servido para complicar más las cosas en la búsqueda de financiación en los EEUU. Su última película de ficción, W. (biografía de George W. Bush) apenas contó con capital norteamericano, y se estrenó a toda prisa para coincidir con las últimas elecciones de su país. En España, apenas se ha podido ver en algunos pases televisivos a horas intempestivas.

Pues, a pesar de todo lo que se pueda pensar, la verdadera razón de realizar este proyecto, no parte de ningún (posible) mal momento de Oliver Stone, si no de un encargo de la Fox que, en 2006 ya trató de realizar sin éxito esta secuela. Si en ese momento, Stone, no parecía entusiasmado con el proyecto, la actual crisis financiera parecía un escenario perfecto para volver a dar vida a uno de los villanos clave de la década de los 80, Gordon Gekko.

Sin embargo la crisis sólo es un telón de fondo sobre el que se sustenta una película más centrada en las relaciones familiares de los protagonistas. La relación de Gekko con su hija y con el prometido de esta. La relación del prometido con su madre, su mentor en Wall Street y con quién le traicionó. Ubicar la historia en Wall street no es más que un escenario y no requiere ningún conocimiento previo de economía para seguir la historia personal de la familia Gekko.

Un guión bien estructurado (para los estándares hollywoodienses), y la siempre magistral narración de Stone, cuenta con la ayuda de unos extraordinarios actores, si bien la maestría de Frank Langella y Michael Douglas ya estaba más que demostrada, sorprende ver a Shia LaBeouf (en un papel alejado de sus habituales correrías en Transformers) ganarse con solvencia el crédito de hasta el mayor de sus detractores. Lo único que traiciona a la película es un final demasiado blando que resta credibilidad a lo que uno se espera de un cabrón como Gekko.


Lluís Alba